En los años que siguieron a la Astrodebacle, se produjo una súbita oleada de interés en la tecnología biomecánica. Sus defensores no esperaban que los leviatanes fueran misericordiosos, y no creían que los humanos pudieran aprender a coexistir con la astroceniza. Decían que la única manera de alcanzar la inmortalidad era a través del gélido y duro abrazo del metal.